
Nací en ultramar en el seno de una familia cuyos raíces en la Península Ibérica van desde un territorio a otro, enlazados a lo largo de más de ocho siglos de Historia. Por mis venas corre sangre de una decena de generaciones que muestran un linaje que une lo catalán con lo mallorquín con lo vasco con lo aragonés, lo castellano, y porque no con lazos hacia lo levantino y lo andaluz. Aún se mantienen en pie hazañas que los registros recogen de la presencia en batallas al lado de Pedro II El Católico, Rey de Aragón, Conde de Barcelona, Rosellón y Pallas, o como mentor del hijo de éste, Jaime I El Conquistador, que conquistó los reinos moros de Mallorca y Valencia.
Me siento orgulloso de otras contribuciones en ultramar de antepasados catalanes, mallorquines, vascos y aragoneses que fundaron la ciudad de Nuestra Señora de los Ángeles (actualmente Los Ángeles, California), abrieron rutas comerciales (la ruta de la alcaparra con la Pomar y la Fuster) con las colonia lejanas de Argentina, Méjico y Filipinas, desarrollando en esta última la encomienda de la reina para la colonización de las provincias del norte de Luzón cuyos nombres (Nueva Écija, Nueva Vizcaya, Isabela, La Unión, ...) rememoraban el vínculo con el Reino de España. También puedo atestiguar la actividad de mis antepasados en territorio español en la revolución industrial de la Cataluña textil, de la siderúrgica vasca y de la naviera mallorquina. No menos relevantes han sido esa línea directa de antepasados que hicieron posible el regreso de Alfonso XII, la fundación del liberalismo en España, el apogeo de la burguesía y el auge de la Barcelona modernista bajo alcaldes con mis apellidos, Fabra i Puig, y figuras de primer orden como el dueño de la Casa Fuster. En contraste a ese ejercicio nobiliario y burgués, conocí de un antepasado más inmediato el valor de la democracia y su interpretación de la libertad al estilo republicano francés que fue aún más estimulado por mis vivencias en repúblicas donde he residido en la primera mitad de mi intensa vida.
Como hereu de mi generación, a mis 64 años, me tocó vivir en primera persona la Transición en una posición algo más que de mero ciudadano. Aunque reconozco que la vida es el ejercicio permanente de la política, por las lecciones aprendidas de mis progenitores y antepasados, así como mis propias experiencias en distintos ámbitos del aprendizaje y ejercicio profesional, he comprendido que la independencia de criterio tiene un valor incalculable, por cual motivo me he resistido a caer en las garras de intereses miopes de partidos políticos e ideologías puristas.
En este aniversario de la Constitución del ’78 y ante la incesante polémica que la ineficacia de algunos estamentos apoderados para las competencias de decisión ha dado pie a debates sobre los términos “nacionalidades” y “naciones” en relación con el Estatut d’Cataluyna, no puedo permanecer callado al sentir que las palabras de unos y otros ofenden siglos de convivencia aprendida y en ejercicio entre súbditos de los antiguos reinos que un día decidieron unirse para forma la España de la Constitución hoy vigente.
Todo español debe saber que a la muerte de Franco en 1975, los políticos que decidieron dar al monarca nombrado por el régimen moribundo una oportunidad para sacar al estado de cuatro décadas de dictadura, tenían ante ellos un reto nada fácil. O se sabía llegar a compromisos inteligentes para redactar una nueva Carta Magna o nos podíamos ver nuevamente envueltos en un enfrentamiento de las dos visiones extremas de España. Fue esa necesidad de compromiso la que obligó a redactar una Constitución con muchas ambigüedades intencionadamente dejadas para que con la misma sabiduría generaciones venideras supieran darle su justa interpretación.
Lamentablemente en tres décadas de su vigencia, los políticos, cegados por sus intereses de partido y cierto oportunismo, han permitido que la ciudadanía vuelva a partirse en posturas cada vez menos dialogantes. Ni la izquierda puede exigir una república en su estado puro ni la derecha más reaccionaria puede pedir un retorno a las décadas del ultra-conservadurismo bajo palio que rezumaba odio y venganza entre rojos y azules. Tampoco pueden los llamados “nacionalistas” hacer valer un discurso estéril en este el Nuevo Milenio de la globalización y de las ideas universales.
Yo que puedo jactarme de ser un catalán, mallorquín, vasco, aragonés y castellano de 10 generaciones, tengo descendencia que es valenciana y vínculos afectivos que se esparcen por todo el territorio del Reino de España. He heredado el uso de títulos nobiliarios que no uso, tuve un abuelo republicano nacido noble y unos padres demócratas practicantes. Me siento español, catalán, mallorquín, vasco, aragonés, castellano y hasta valenciano. Sin embargo, no puedo olvidarme que nací en Filipinas, por lo que soy filipino de nacimiento. Me eduqué en California, por lo que me siento californiano de alma. He vivido en Asia, las Américas y África, por lo que absorbí influencia de sus culturas y razas en todo ese proceso de aprendizaje.
¿Debo ahora decir de dónde soy? ¿Es justo que se me obligue elegir entre una tribu, nacionalidad, cultura o raza? ¿Por qué no se me deja ser aquello que siento que soy en mi totalidad?
Cuando escucho discursos oportunistas de personajillos convertidos en portavoces de ideologías que quizás ni siquiera comprendan, al hablar de soberanía y querer denostar al soberano, siento una mezcla de tristeza y rabia al ver que hoy en día cualquiera se ve con el derecho de hacer uso de la palabra para decir aquello que ni el mismo comprende. Allí tienen a empresarios metidos en deporte que pretenden ser mecenas de territorios de un único Estado.
Ya está bien de demagogia entre individuos mediocres que no tienen la alteza de espíritu para comprender que puede haber naciones sin porque ser estados, ya sea por circunstancias políticas de cada momento (Polonia, Israel, el pueblo palestino, los pueblos de los Balcanes, el Pueblo Gitano, el Pueblo Saharaui, las tribus indianas de América, el Pueblo Maorí ...) o por decisiones erróneas o acertadas (Bélgica, Grecia, India, Pakistán, Afganistán, Indo-China, Malaysia, ...) de los poderes que han gobernado los designios del mundo en los últimos 250 años.
Quiero ser catalán y español, y tener toda aquella identidad que me pertenezca por la vida que he vivido. Quiero ser, .... Que se me deje estar orgulloso de mi abolengo, de mis idiomas y lenguas, de mis aportaciones a los cinco continentes donde he vivido y de los monumentos de mis antepasados erigidos en reconocimiento de sus aportaciones. Deseo ser libre en el ejercicio de mis preferencias sin por ello atropellar a las preferencias de los demás. Es mi voluntad vivir la vida como lo vivieron una madre madrileña y un padre catalán, y todos los miembros multi-nacionales que a mi familia han pertenecido. Déjenme ser un ciudadano del mundo, un ser humano que sabe el valor de haber vivido en un crisol de nacionalidades y culturas, todos bien avenidos.
Fernando Fuster-Fabra Fernández